Las reliquias imperiales de Japón

La monarquía japonesa es una de las mas antiguas del mundo. Según la tradición, el primer emperador japonés, Jimmu Tenno, subió al trono en el año 660 a.C. Desde entonces, la línea imperial habría continuado de forma ininterrumpida hasta la actualidad. Y más allá de abdicaciones, batallas y conspiraciones, hay un elemento mitológico común a todos los períodos: las reliquias imperiales.

Las reliquias imperiales son tres: la espada Kusanagi, el espejo Yata no Kagami y la joya Yasakani no Magatama. Cada objeto simboliza una virtud. La espada equivale a la fuerza, la joya a la benevolencia y el espejo a la sabiduría. En conjunto, las reliquias encarnan la legitimidad del emperador de Japón, y no sólo como una metáfora. Muchas veces en la historia, cuando la línea sucesoria estuvo en disputa, la posesión de los tres emblemas hizo que un monarca se impusiera sobre el otro.



Imagen simulada de las tres reliquias imperiales de Japón

Cada una de las reliquias imperiales se hallarían en lugares distintos. El espejo estaría en el Santuario de Ise, el templo sintoísta más importante de Japón. Por su parte, la espada se encontraría en el santuario Atsuta, en Nagoya. Finalmente, la joya reposaría en el Palacio Imperial de Tokio.

Nada de esto puede ser confirmado, porque el estado y la ubicación exacta de las reliquias se mantienen en secreto. Los tres tesoros sagrados sólo se utilizan durante la ceremonia de coronación de un nuevo emperador, pero como tal ceremonia no es pública no existen fotos ni videos de los mismos.

El origen de las tres reliquias imperiales de Japón

Los primeros emperadores japoneses son casi un mito, y se dice que descienden de Amaterasu, la diosa sintoísta del sol. De acuerdo a la leyenda, en determinado momento Amaterasu se esconde en una cueva tras una disputa con su hermano Susanowo, provocando que la tierra quede sumida en la oscuridad.

Palacio Imperial de Tokio, Japón.

Para obligarla a salir, los demás dioses celebran diferentes rituales del sintoísmo. Elevan plegarias, adornan un ciprés como altar y llevan a cabo una danza sagrada, pero nada de esto da resultado. Como última opción, las otras deidades cuelgan de un árbol cercano un espejo y una joya. Motivada por la curiosidad Amaterasu sale de la cueva para admirar su reflejo y, al hacerlo, la luz solar vuelve a iluminar el mundo. Ese mismo instante es aprovechado por los demás dioses para cerrar la entrada de la cueva y retener a la divinidad del sol entre ellos.

Poco después, Amaterasu se reconcilia con Susanowo, quien se ha arrepentido de sus pecados y se redime matando a una monstruosa serpiente de ocho cabezas que asolaba Japón. Como muestra de amistad, Susanowo le ofrece a su hermana una espada que había hallado en el interior del cuerpo de la serpiente.

Tiempo después, Amaterasu envía a su nieto Ninigi no Mikoto a pacificar la tierra, y le entrega como señal del favor divino los tres objetos que acabarían por convertirse en las reliquias imperiales japonesas: el espejo, la joya y la espada. Jimmu Tenno, el primer emperador de Japón, es el nieto de Ninigi no Mikoto, y en el año 660 a.C. utiliza los tres tesoros para gobernar todo el territorio. Desde ese momento quedan asociadas para siempre las reliquias y la dinastía imperial.

Facundo

Periodista y Licenciado en Comunicación Social. Apasionado por la escritura y los viajes. Estudiante de japonés e interesado en todo lo relacionado con la cultura de China y Japón.

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