Kinkaku-ji: el Pabellón Dorado de Kioto

Kioto es probablemente la ciudad más linda de Japón, y el Kinkaku-ji es su mayor símbolo. Capital imperial del país durante más de mil años, alberga un importante patrimonio histórico, artístico y arquitectónico. El hecho de que durante la Segunda Guerra Mundial fue la única gran ciudad japonesa no bombardeada por la Fuerza aérea estadounidense resultó fundamental para la conservación. 

Además, Kioto es la ciudad de los templos, con más del mil en toda la localidad. Y de entre ellos, el Kinkaku-ji o Pabellón Dorado es el más famoso. Su fachada recubierta de placas de oro, reflejándose en el estanque que lo rodea, es una imagen icónica de Japón.



La historia del Kinkaku-ji de Kioto

En el año 1394 el Shogun Ashikaga no Yoshimitsu cedió el título de Shogun a su hijo, Yoshinori, que solo tenía nueve años. Yoshimitsu se retiró a la villa de Kitayama, en Kioto, donde encaró importantes trabajos de ampliación. La obra más importante fue la construcción del Kinkaku-ji, inaugurado en 1397. El nombre oficial que se le dio al edificio fue Rokuon-ji, que significa “Templo del jardín de ciervos”.

Después de la muerte de Yoshimitsu, en 1408, el Rokuon-ji fue convertido en un templo budista. Se le añadieron placas de oro para su revestimiento y desde entonces pasó a ser conocido como Kinkaku-ji, “Templo del Pabellón Dorado”. Desde entonces, en su interior se conservan como reliquia cenizas de Buda.

Kinkaku-ji o Pabellón Dorado de Kioto en 1890.
El Pabellón Dorado en 1890.

El Pabellón Dorado de Kioto fue reconstruido en varias ocasiones, afectado por las distintas guerras que ocurrían en Japón. El peor daño, sin embargo, lo sufrió en 1950, cuando un monje con trastornos psiquiátricos lo prendió fuego. El monje intentó suicidarse, pero fue detenido y cumplió siete años de prisión. Lo liberaron debido a su condición mental, y murió un año más tarde. Su trágica historia fue novelada por el célebre Yukio Mishima, y publicada por primera vez en 1956 con el nombre de El Pabellón Dorado.

El Kinkaku-ji fue rápidamente reconstruido, y algunos años después se alzaba otra vez en todo su esplendor. En 1994 fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de Kioto.

Restos del Kinkaku-ji o Pabellón Dorado de Kioto, tras ser incendiado en 1950.
Así quedó el Pabellón Dorado tras el incendio de 1950.
La arquitectura del Kinkaku-ji

Toda la construcción del Kinkaku-ji está pensada como una metáfora. En primer lugar, está asentado en el suelo, pero a la vez se asoma al estanque sobre pilotes de madera, es decir, a medio camino entre la tierra y el agua. Es una referencia a la creencia budista de que el perfecto lugar de oración debería estar situado entre el Cielo y la Tierra. A su vez, el estanque tiene varias rocas y pequeñas islas artificiales, que evocan la creación del mundo según la historia budista de los ocho océanos y las nueve montañas.

La planta baja del Kinkaku-ji se conoce como Hosuiin, o “Sala de las Aguas de la Ley”. Es un lugar amplio y despejado, muy característico de la época en que residía Yoshimitsu. La sala está separada del balcón que da al lago por puertas corredizas de papel, llamadas shitomido. Estas puertas no llegan al techo, lo que permite el paso de la luz y la unión de los ambientes.

El primer piso es llamado Choondo, o “Sala de las Olas Resonantes”. Está inspirado en la residencia privada de un samurái, y era el lugar de las reuniones de Yoshimitsu. Aunque este piso es mucho menos llamativo en su decoración, tiene una gran imagen de Kannon (figura venerada en el budismo, asociada con la compasión), y pinturas de Kano no Masanobu, un notable artista de la historia japonesa.

Detalles del Kinkaku-ji, o Pabellón Dorado de Kioto.
Cuanto más de cerca se ve el templo, más detalles se aprecian.

El segundo y último piso del Pabellón Dorado se llama Kukkyocho, o “Techo del Firmamento”. Es un espacio pequeño y austero, pensado para meditar, realizar la ceremonia del té y celebrar encuentros menos numerosos y formales que los que se hacían en el primer piso.

De esta manera, la arquitectura del Pabellón Dorado se va haciendo más pequeña y sobria hacia arriba, interpretando la enseñanza budista de despojarse de las cargas del mundo para llegar a la iluminación.

El Kinkaku-ji ha recibido algunas críticas por la aparente contradicción entre la austeridad predicada por el budismo y la elección del oro para adornar el edificio. Para responder a esto, se recurre habitualmente a un pensamiento del maestro Kobo Daishi. Según el monje, los cielos y los infiernos no son lugares concretos, sino que, cuando se obra bien, aparecen “pabellones de plata y oro”. Bajo esta concepción, el oro no sería más que una metáfora de la virtud y, por lo tanto, muy adecuado para el uso que se le dio en el Pabellón Dorado de Kioto.

Fuente: Historia breve de Japón. Irene Seco Serra.

Facundo

Periodista y Licenciado en Comunicación Social. Apasionado por la escritura y los viajes. Estudiante de japonés e interesado en todo lo relacionado con la cultura de China y Japón.

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